Hace siglos, compositores como Mozart, Beethoven, Bach o Tchaikovsky crearon obras inmortales. Inspirados por la divinidad, la tragedia o la belleza de la vida cotidiana, escribieron partituras que hoy siguen emocionando a millones de personas. Sin embargo, hay algo que ninguno de ellos alcanzó a vivir: el éxito económico que ahora sus obras generan.

En la era digital, la música clásica se ha convertido en un activo lucrativo, especialmente porque la mayoría de su catálogo está en dominio público. Esto significa que sus composiciones pueden ser grabadas, adaptadas o usadas comercialmente sin pagar derechos de autor. Para productores independientes, sellos discográficos, plataformas digitales e incluso marcas, esto representa una mina de oro.

Lo vemos cada día en playlists de Spotify, canales de YouTube, aplicaciones de relajación, bandas sonoras de películas y hasta videojuegos. Las sinfonías y conciertos de estos compositores generan millones de reproducciones… y dinero. Paradójicamente, Mozart murió endeudado, y Beethoven escribió algunas de sus obras más emblemáticas mientras luchaba con la sordera y la pobreza. Hoy, sus nombres son marcas globales, comercializados en productos, licencias y “nuevos lanzamientos” que ni ellos imaginaron.

El artista como imagen comercial

Uno de los fenómenos más llamativos del negocio musical actual es la reinvención post mortem de los artistas. Las grandes discográficas, conocidas como “majors” (Universal, Sony, Warner), han convertido a estos compositores y otros músicos fallecidos en marcas atemporales. No es extraño ver que cada cierto tiempo se lanza un “nuevo álbum” de Mozart, un remix de Beethoven o una reinterpretación “lo-fi” de Chopin.

Aunque muchas veces estos proyectos aportan valor cultural, también es evidente que existe una explotación comercial que va más allá del homenaje. Se utilizan sus nombres, rostros e incluso voces con inteligencia artificial para generar nuevos productos. La industria ya no solo monetiza lo que dejaron en vida, sino que crea a partir de su legado un flujo interminable de contenido.

El abuso sobre los catálogos sin voz

El dominio público debería representar libertad para los creadores actuales de reinterpretar estas obras. Sin embargo, también ha abierto la puerta para que las majors, con su maquinaria de marketing, apropien simbólicamente estos catálogos. Lanzan discos bajo su propio sello, posicionan sus versiones como “oficiales” y ocupan los primeros lugares en las plataformas, relegando a los artistas independientes que también reinterpretan este repertorio.

El legado de la música clásica se ha convertido así en un campo de batalla entre creatividad y corporativismo. Y aunque los compositores originales no están aquí para opinar o defenderse, sus nombres siguen vendiendo, generando ingresos millonarios, y siendo usados como imagen publicitaria, muchas veces sin sensibilidad ni contexto.

La música clásica es uno de los tesoros culturales más grandes que tiene la humanidad. Que esté en dominio público es una oportunidad para difundirla, reinterpretarla y mantenerla viva. Pero también debe invitar a la reflexión: ¿quién se beneficia hoy de este legado? ¿Estamos honrando a los artistas o explotándolos simbólicamente?

En un mundo donde los muertos siguen “publicando música” y generando ganancias, la ética del negocio musical se enfrenta a una nueva responsabilidad: proteger la memoria de quienes crearon belleza sin saber que un día serían tan rentables.

Ivan Aranega

por Ivan Aranega

Co-fundador El Negocio de la Música- Manager, Editor, Promotor, consultor y experto integral 360º de artistas.

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